Dios obra de forma misteriosa

Dicen las señoras que lo han visto todo, que Dios obra de forma misteriosa.

Anoche platiqué con él en carne y hueso, porque como es viento y es agua y es todo, menos cuerpo, se apareció ante mí usando un cuerpo humano, muy real, con la intención de regañarme por lo que había dicho cinco minutos antes sobre mi personita desgastada, o de hacerme replantear con sus palabras y su whisky en las rocas,  o por lo menos de hacerme sonreír de verdad.

Estaba borracho, sí. Me dijo así, textual: “Soy un cabrón”. A mi medio risa y nos hicimos amigos, me dio consejos provenientes de la sabiduría ancestral de los dioses sin cuerpo. Me invitó al after y le dije que no porque tenía que trabajar. Fuimos brutalmente sinceros.

Me hizo ver que somos iguales, aquellas a las que les dije guapas y las comparé sin ninguna intención conmigo, me dijo que también era bonita y me abrazó. Qué espectáculo debió haber sido. Me habló franco, de frente.

Me dijo “te voy a hablar de huevos”

Qué increíble haber chocado puños con el grande de grandes.

Le pregunté si nunca se había enamorado y me contestó que no, nunca. Después me confesó que me había mentido, no tenía 32 sino 37.

Me abrazaba y me pedía que bebiera de su whisky. Me pidió que hiciera lo que quisiera, lo que me hace feliz, y a cambio me prometió que me iría muy bien.

Ese no era un hombre, lo supe por su beso, porque sí, me iré directo al infierno, pero le di un beso. Su barba me estorbaba, pero todo en él me causaba adoración. Incluso sus miradas que desnudan. Le pregunté ¿de dónde saliste? Y se puso nervioso, creyó que lo había descubierto y me contestó que no sabía, que sólo le gustaba ayudar, hasta se ofreció a darme su número y ayudarme y aconsejarme cuando quisiera.

Después lo miré confundida y con una sonrisa enorme que no pude esconder, me despedí y me fui. Muy contenta, por supuesto. Él me apretó la mano y me sonrió, cuando me iba noté que estaba listo para ir de after y que su fiesta apenas comenzaba.

Cuando vea  a la abuela le agradeceré que siempre le hable de mí.

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Acontecimientos

Crisis superada. Falta esperar, sentarse a esperar por la siguiente y la siguiente y la que le sigue. Bienvenidos tormentos, bienvenidos infiernos, bienvenidos huracanes. Destrócenme, arrástrenme, quémenme y sacúdanme al grado de locura, que sin drama no me sabe, que sin drama no me sale.

Tomen mi cabeza y hagan girasoles, tomen el corazón y vuélvanlo trapo, que sabré aguantar, que podré superarlo. Y si no, si resulto débil  como hoja de papel, entonces entiérrenme junto al árbol que siempre anhelé, permítanme rendirme y volverme flor, una nomeolvides pequeña y fascinante porque no hay ser en el mundo que resguarde tanta belleza en tan poco espacio.

Y si no, conviértanme en danza y tírenme al vacío, me escaparé al mar.

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Andanzas de la vida

“Este es un manicomio del que quieres salir, estás desesperada”. No pude haberlo dicho mejor. Como siempre la danza, salvándome, sacando las palabras atoradas en forma de inercia, de giros, de saltos, de rodillas y sudores. Él siempre tan atormentado, tan intensa e inmensamente creativo, logra que nosécómo, yo escupa mis ansiedades y temores.

La tensión me mantuvo perdida durante el día, ni las lágrimas osaban salir a las calles de tan inadaptadas a la tan sobrevalorada civilización. Llegar hasta el lugar de culto de los amantes de la danza fue un proceso complicado pero entretenido, como siempre.

Los pasos cortados, robóticos, no tuvieron ningún significado especial para mí, hasta el momento en el que los escuché y los miré a través de esa canción que desde hace no sé cuánto, se convirtió en mi himno. “Es la canción con la que sales de ti mismo, enséñame eso” lo hizo por segunda vez, es como si lograra meterse en mi cabeza. No sé si lo prefiero a él hablándome con sus pasos, o a mí matándome con mis intentos, o los dos, uno después de otro.

Lo que sí es seguro es que le debo los dolores de hoy, y la tranquilidad de mi atormentada cabeza, siempre.

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Nota: Cuando esté mirando fija y perdidamente un punto en el espacio, seguramente estaré bailando esa canción que no me deja en paz, nada grave, a cualquiera le pasa cuando necesita desesperadamente unos minutos salvajes.

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Un día de esos

Un día de ésos como cualquier otro, excepto porque mi mamá sufría en una camilla, nací yo.

Nací con la mente en blanco, crecí sin conciencia de lo que significa ser hombre o ser mujer. Crecí sin la conciencia de que las niñas deben usar vestidos y los niños, no. Corrí a la par de mis compañeros y nunca me quedaba atrás.

Todas las mañanas mi mamá se levantaba tempranísimo y me despertaba para ir a la escuela, mis hermanas ya se despertaban solitas, porque ya eran más grandes.

Después despertaba a mi papá y se iban a trabajar, los dos. Nunca me pareció raro que mi mamá fuera una mujer de trabajo e intelectualidad. Me encantaba mirarla mientras se arreglaba, me encantaba el licuado que me hacía antes de irse. Me encantaba el olor de sus labiales.

Las mamás de mis amigas me compadecían en secreto porque mi mamá no me llevaba el desayuno a la hora del recreo, porque no asistía a los festivales escolares y porque no estaba en casa cuando yo llegaba de la escuela.

Y yo seguía creyendo que era normal.

Ahora, cuando he pasado por tantas trabas por el hecho inamovible de “ser mujer”, entiendo que mi mamá nunca fue normal. Siempre ha ido contracorriente, ha perdido la simpatía de diez, veinte o no sé cuántos, y sigue creyendo en sus convicciones. Es una mujer valiente, y es una transgresora.

Siempre he creído que me heredó todos los males que la aquejan, dolores del cuerpo y de la mente, pero más que eso, me transmitió su eterna curiosidad y su movimiento perpetuo.

Me enseñó que mi mente es poderosa y mis palabras perduran. Me animó a creer que soy capaz de lo que quiera y me enseñó a sentir orgullo de ser mujer. Me enseñó a levantarme después de caer en el polvo y a limpiarme las heridas. Me enseñó a hacerme independiente y a dejar el miedo de andar solita por la calle. Me enseño que el gusto por la soledad no es malo, pero a veces se hace vicio.

Casi cumplo un cuarto de siglo de haberla conocido, y lo celebro, celebro a mis hermanas y a mis amigas, porque todas me han enseñado que no se trata de género, se trata de valor. Y que no sólo soy mujer, sino humana.

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De espumas y mares

 

Vengo desde el mar, desde el viento, desde la tremenda fuerza de los ojos que se cierran al desear aquello que no puede existir.

Pero mi fuerza de ola se desvaneció como espuma al tocar tu tierra, me sentí pequeña y me sentí mareada, te tomé entre mis dedos y el silencio se apoderó del espacio.

Quise volver a ser tempestad, pero mis aguas se precipitaron como lágrimas.

Quise volver a mi racha de seguridad inmensa y me encontré con la inmensa humanidad, presionando, empujando, oprimiendo.

hooked

 

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Días piedra

Y después de todo este remolino de vientos y mareas, se acaba, se escapa el aire que no respiramos y que tanta falta nos hizo.

Siguiendo con mis tradiciones, escribo desde mis adentros, o dicho de otra forma, escupo, vomito aquello que me hizo llorar porque dicen las vacas sagradas que hacer catarsis limpia tu cuerpo y aleja las malas vibras.

Estos meses fueron duros, Cerati que todo lo sabe y lo que no se lo inventa, canta que “decir adiós es crecer”. Pues en ese caso, este fue el año de crecer como gigante. Y por cierto, cómo duele eso de la crecida. Solté lágrimas de rabia, lágrimas de mar, furiosas, enojadas y sobre todo, muy tristes.

Solté miedos, de esos que me acobardan y salí de la cueva. Me metí en la oscuridad y me bañé en lodo.

Me despedí de una de las personas que más tiempo estuvo presente en mi vida, me desprendí del tiempo que compartimos y lloré. Anhelo la eternidad y envidio un poquito la enorme paz que siente ahora.

Bailé con mis demonios y bailé con mis amores. Bailé con mis desvelos y con mis ojeras. Bailé y dormí y los sueños me engañaron.

Me enamoré y me caí al abismo. Las nubes nublaron mi entendimiento y el alcohol lideró mis peores decisiones. Me desenamoré y me arranqué la piel.

Decidí derrumbar mis cimientos para guardarlos en mis mares de adentro, los que casi nadie se molesta en conocer, a los que casi nadie tiene acceso. Ahora mi casa está en los escombros, en donde yo quiera construirla.

Añadí integrantes a mi familia. Añadí familia a mi vocabulario.

Cociné y mis neuronas terminaron incineradas. Descubrí mis poderes ocultos y sentí envidias, decepciones y risas.

Y llegué a la conclusión de que no existe en mí erudición, que no tengo nada más que pensamientos circulares e infinitos, y ruego porque paren. No existe en mí entendimiento, pero sí mucha ansiedad que me provocó ardores, comezones y otras palabras desagradables para la imaginación, que me dejan la carne viva y el corazón triste. Las marcas rojas hicieron caminos, marcaron trazos como constelaciones y yo las fui uniendo, las fui tejiendo, me fui dibujando entre lunares y puntos.

Los libros fueron salvación y muerte, tempestades y multitudes.

Caminé y dije para mis adentros: cuánto quisiera conocer a alguien que sea inversamente proporcional en mi balanza de melancolía infinita de caracol.

*Mira al horizonte con la mirada perdida, expectante* (No podía faltar el dramatismo que caracteriza a mi pequeña persona).

FIN

hush puppie

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Instantáneas muertes lentas

Tantas muertes me han rodeado, tantas muertes me han dejado triste, absorta. Me doy cuenta de lo poco, de lo nada que sé de decir adiós.

Y entonces pienso que la vida es un adiós constante, es un mar que se hace inmenso y termina por ahogarte, no hay más, no hay más que dejarte llevar.

Uno aprende a bailar con espíritus, a vivir con fantasmas. Y los amas, y los quieres, y los adoras. Nunca te despides.

“La vida es un viaje en paracaídas y no lo que tú quieres creer”, me enseñó Vicente Huidobro, por medio de ese libro que cayó en mis manos justo cuando lo necesitaba, porque de tanta muerte me sentí infectada.

Y entonces me encontré con una historia de alguien que no sabía leer, y lloré. No sé si buscaba un pretexto o me pareció insufrible hasta el punto del ahorcamiento. No sé si me entristeció no poder escribir tu propio epitafio, no poder decodificar el mundo de los ruidosos seres de este mundo.

Y sigo sombría, pero sonriendo y bailando en las fiestas, porque el cuerpo es fiesta, y la muerte convive conmigo, se pasa entre mis pliegues y me besa cada noche de alcohol en exceso, y risas fáciles y después nos vamos a dormir.

amoreux

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