Las calles que se fundían con las sombras

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Ilustración de Alejandro Pautasso. De la colección Into the water.

El suelo estaba lleno de tierra, de hojas secas que crujían al contacto con su piel, parecía que se quejaran del peso involuntario que caía sobre ellas.

Y mientras tanto, ella sonreía con los ojos cerrados y los pies desnudos. Estaba a mitad de la mucha gente, del mucho ruido y de la impersonalidad infinita, ella era nada y se fundía con el todo; pero volaba sobre las cabezas porque la de ella soñaba y sus pies bailaban, le ardían los raspones que causaba el pavimento y el dolor se convertía en sonrisa y en viento y en sudor.

Las pinturas en las paredes habrán querido decirle algo, pero no supo entenderlo porque se volvió también parte de la arquitectura y bailaba con ella, dependía de ella, se refugiaba en ella.

Las miradas de los curiosos se posaban en su cuerpo, las conciencias reprobaban su falta de pudor.

Entonces una voz -de la que nunca nadie supo nada, que se escapó de los ojos y de las bocas, que sólo el cuerpo de ella supo reconocer- soltó como un grito gravísimo: −La ciudad anda muy gris.−

Y entre tanto polvo que se mezcló con hojas secas, metiéndose en los ojos de los curiosos como un aire molesto e irritante, comenzaron a llover letras… algunos se ahogaron; otros las usaron como remos; los habitantes de las sombras, aprendieron a nadar en ellas.

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About lizmendozas

Experta en tripodología felina. Quisiera ser tortuga y vivir en el mar.
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