Viaje demencial en 30 minutos

De cómo se transgrede el espacio personal de otros en un impersonal espacio colectivo.

Estaba distraída, ese día era uno de esos días en los que no puedes concentrarte, demasiados pensamientos conforman nubes negras, pesadas en las cabezas, ruido intenso, polución interna.

Viajaba. No tenía que desplazarme demasiado, era un viaje de alrededor de 30 minutos. El tren estaba medio lleno, -o medio vacío según el humor del amable lector- frente a mí, dos personas que parecían haberse encontrado en el transporte colectivo por casualidad, platicaban, se miraban curiosos, era un él y una ella.

Él parecía joven, veintiocho quizás. Su mirada estaba la mayor parte del tiempo en el suelo, como recordando aquello que parecía mejor que ahora. Su sonrisa era tímida y aun así se asomaba, se dibujaba.

Ella era adulta, parecía mayor, como de unos cuarenta. Parecía asombrada por lo que él decía, así que de repente, me sorprendí espiando la conversación ajena. Mi siempre fiel compañero -en viajes cortos, largos, insomnios y aburriciones- un libro, la mayor parte del tiempo, sirvió como excusa para fingir que no estaba interesada en las pláticas ajenas, que estaba concentrada en mi lectura (ajá, cómo si la palabra concentración entrará en mis labores diarias, ouch!).

La conversación seguía y yo me sentía morbosa, metiche, quería saber la historia, participaba al punto de  lanzar miradas indiscretas.

Dos frases: estaba joven. Yo dieciséis y ella veintiocho.  Yo pedía otra: si, estaba embarazada. Una más: ¿y tú los cuidas?

Para este punto yo ya deseaba ser la guionista de esta historia, pedía que hubiera sido muerte y no abandono, ni divorcio.

Pedía un final feliz, lo que creía un final feliz, telenovelesco, ridículo y por demás, cruel.

De repente el drama se rompió, él afirmó ante la pregunta de ella, “sí, estaba embarazada cuando falleció”.

Me sorprendí aún más cuando me di cuenta de que sentí un gran alivio cuando él afirmó la muerte, mejor dicho, el fallecimiento, porque esta palabra, según me han enseñado los funerales y los adultos, no es fuerte ni irrespetuosa como “se murió”.

Entonces bajé del vagón, estaba confundida. Tal vez sólo es el miedo a lo nuevo, a lo que no conoces lo que me hizo desear esta condición, este final parcial de una historia ajena.

No sé, tal vez fueron las tantas historias que me han acompañado fielmente a lo largo de los años, tal vez por fin se están apoderando de mi mente, de mis días.

Tal vez quieren que la vida sea literatura y la literatura sea vida, así podríamos decir sin miedo al juicio social, se murió, ya se murió.

Tal vez las letras explican porqué me cuesta tanto dormir en las noches y soñar, y porque durante el día mis ojos no pueden permanecer abiertos ni mi mente centrada, y los sueños, volando.

Dicen que de tantas letras y poco sueño, uno se vuelve loco. Tal vez sea eso.

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About lizmendozas

Experta en tripodología felina. Quisiera ser tortuga y vivir en el mar.
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