Mi encuentro frustrado con la poeta

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Cuando me encontré con ella por casualidad, no logré sacarle media palabra. Me sentí incómoda y un minuto me pareció una larga, larga espera.

Después comprendí muchas cosas y eventos conectados, como en secuencias, escenas, lugares. Como si estuviera observando, como espectadora ante una pantalla de cine: la única en la sala, que de esa forma se ve enorme y oscura.

Estábamos esperando a la misma persona, en el mismo café, a la misma hora; por desgracia, más para ella que para mí (mi sonrisa facilona se asomaba ese día sin ningún recato y tal vez más de un motivo), en la misma mesa.

Yo pedí una café americano, regular. Ella solo tomaba un vaso con agua.

Siempre he tenido talento para guardar silencio, al grado de causar desesperación, pero tengo también ese otro talento escondido (también llamado maldición) de hacer comentarios extraños en momentos de silencio incómodo, por lo cual se tornan ahora incómodas las miradas que comienzan a clavarse en mi expresión de “me muero, lo volví a hacer”.

–          Mira, este libro de poesía lo escribió Leonarda – me dijo la persona a quien esperábamos.

Lo tomé y di una rápida hojeada. Era nostálgico, personal; me gustó. Levanté la vista y sonreí, sinceramente no sabía que decir, era un contraste enorme, como en los colores. La poesía y la poeta, a simple vista, no se parecían en lo más mínimo. Y yo que siempre pensé en los poetas como seres flotantes, de colores, con olor a alcohol y dos pesos en la bolsa.

Pero Leo, como le decía mi interlocutora (la única al parecer), era huraña, seria. Miraba el reloj en la pared: las doce. Capturaba todos los movimientos del lugar: se muerde un labio, la mano de la mujer de la mesa de enfrente se posa sobre el hombro del hombre, una escoba de ramas secas para barrer las hojas sobre el piso, que seguramente algunas horas más tarde volverán a posarse en el mismo lugar; una risa estruendosa que sale de unos labios rojos. Todas las imágenes pasan rápidamente una tras otra mientras Leonarda se remueve en su asiento.

Me imaginé que siempre había sido “hermética”, como etiqueta social. Pensé en mi experiencia de coqueteos interminables con la timidez y la acción, y luego mi editor de largometrajes mentales, comenzó a trabajar.

A Leonarda no le importaba como la calificaran los demás: sus padres, sus hermanos, sus conocidos, todos los otros. No abre la boca más que para engullir la comida mínima sin la cual moriría de inanición, no por falta de presupuesto o de amor propio, más bien por falta de apetito.

Hay cosas más importantes, menos triviales, como escribir, es importante vomitar toda la maraña de cosas que trae adentro, si no, ha llegado a la conclusión de que de eso sí se va a morir.

Nunca escucha a nadie, aunque esté rodeada de miles de personas, cuando escribe solo existe su soberbia, se ha creado una historia fantástica de ella misma y eso sí la hace reír.

De repente, Leo es interrumpida por un mesero que amablemente le pregunta si le hace falta algo. Leonarda torna en su cara una mueca de desaprobación y niega con la cabeza.

Vuelve a mirar el reloj que solo avanzó unas milésimas de segundo, al fondo, las voces de los demás, las risas y los ruidos, parecen lejanas, en segundo plano. Mientras está sentada, su cabeza está frenética, más imágenes pasan en tropel: dos niños vendiendo dulces, un músico frustrado, el sol, un beso, un lápiz, una computadora.

Piensa que sus preocupaciones no ocupan a nadie, dice que eso es normal porque una persona en la mesa de un café solitario parece aún más solitaria. Pero a ella le gusta vagar sola, y no por eso de que “mejor sola que mal acompañada”, como diría el dicharachero popular, sino porque prefiere sentarse a escribir y perderse en el infinito de la conciencia, en la otra dimensión, en donde no escucha a nadie y nadie la escucha.

“Infinito” curiosa palabra. La intriga, la asusta, le recuerda una rutina inacabable, terrible, repetir hasta siempre los mismos quehaceres, los mismos besos, las mismas cosas, las mismas letras, lo mismo; lo mutable, lo inalcanzable, lo cambiante, lo eternamente distinto, pero al final, constantemente cambio.

En el reloj ya pasó otro minuto, parece que todo está en silencio. De repente su mano izquierda se apoya sobre una hoja de papel y escribe frenética, sin ritmo definido.

Mezcla sus letras con imágenes borrosas, mezcladas. Sus pasos rápidos por las calles, hasta puede escuchar su respiración cansada y jadeante.

Constantemente cambio corazón,

Cavernícola corrompido por cruces,

Cronopios, changos y calabazas.

Caemos caminando al cielo,

Corriendo al cronograma cerrado.

Como en cautiverio crucial.

Las calles comen cartones,

Carbón colado convertido en creatividad.

Contigo, contigo, contigo, contigo.

Consumidor de caminos, caminante

Círculos congelados, cuerpos calientes.

Escribe el punto final, al mismo tiempo que la punta del lápiz se rompe, mientras se dibuja, como una sombra,  una sonrisa de satisfacción en la cara de Leonarda.

Asíterminamipelículamentaldeldía.

A la poeta la inventé yo, a su nombre, las circunstancias. Ella tendrá otras –mejores, poéticas y mucho más elevadas- historias sobre ella misma. Si corren con suerte, tal vez ella misma se las cuente, o tal vez se las escriba y se las envíe por correspondencia en un barco de papel envuelto en un mar de celofán.

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About lizmendozas

Experta en tripodología felina. Quisiera ser tortuga y vivir en el mar.
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