Creo que escucho pasos en la azotea

Si veías el cielo hubieras podido jurar que iba a llover. Las nubes amenazaban con descargarse sobre nuestras cabezas, pero aun así, seguimos empeñados en participar en esa suerte de aquelarre dancístico, secta cuasi religiosa del arte libre y transgresor en azoteas urbanas, en selvas de concreto.

Me gustan las azoteas, me gustan porque son cómplices de los secretos y de las danzas. Me gustan las azoteas porque te recuerdan que no puedes volar, pero sí bailar en las alturas. 

Cuando llegué -iba corriendo porque se me hizo tarde, no muy rápido, porque debido a la lluvia de ese día, me resbalé en un puente peatonal ante la mirada indiferente de unos cuantos humanos y hasta un perro, y me dolía, no sé si el orgullo o la pierna y el brazo izquierdos- no había más espectadores que yo. Me quedé parada frente a la pequeña puerta céntrica con el número 81, miré al cielo y me distraje con las luces de la azotea… sí, esa sería una buena pieza dancística, pensé.

Me encontré con una cara conocida antes de entrar, me sentí mejor. Después entré a la casa-escenario-espacio-todomesirvecuandodebailarsetrata. Tuve que subir una serie de escalones y esperar sentada en el más alto, ocupaban quórum, aunque no se cumpliera el reglamentario 50+1. Mientras esperaba me entretenía con la decoración, austera, casi sin luz. Y de tanto ver mi sombra, me sobresalté cuando aparecieron las otras, las de los bailarines mimetizados entre paredes, escaleras y muebles.

De repente estaba rodeada de personas, el público había aumentado considerablemente, impuntualidad es la palabra que ando buscando.

Subimos, nos invitaron a esperar en la fría azotea, todos estábamos protegidos por suéteres, abrigos, botas y hasta uno que otro gorrito, ridículo pero calientito.

Así empezaron las conexiones, los cables invisibles entre todos los que estábamos ahí, aparentemente separados, individuales (como si se pudiera ser original en este planeta).

La espera se alargó unos buenos minutos, nadie sucumbió a la desesperación porque la vista era gratis, y espléndida además.

Un círculo blanco apareció en una de las paredes donde reposaba un personaje extraño, una suerte de bailarina-pez-civil, que luchaba en contra de la gravedad y de la crueldad de la fuerza de quien sabe qué, que hacía que el círculo de luz la estrangulara casi por completo, el espacio se agrandaba y ella nadaba feliz y autista, pero cuando se hacía tan pequeño hasta casi desaparecer, agonizaba de muerte lenta, sin aire, branquias esforzándose al máximo.

De todos los rincones de aquel espacio abierto comenzaron a  aparecer civiles-bailarines que te miraban fijamente, que parecían cuestionar, enojarse, desesperarse. Por primera vez en aquel fatídico día, me sentía comprendida.

La primera pregunta que rompió el hielo, la que dejó completamente claro que aquellos personajes traslúcidos querían obligarnos a repensar, a salir del ensimismamiento y cosificación y personificación de las cosas, fue la que lanzó aquel muchacho que parecía tan distraído y tan, pero tan leve cuando se movía por el piso, que parecía flotar.

El terminó con todas las voces, con todos los pensamientos ajenos al momento, él dijo: Los sueños son para cumplirse, si no ¿para qué chingados sueñas?

Nos cayó como bomba, todas las mentes comenzaron a trabajar en un mismo sentido, todos estábamos dentro del círculo, todos éramos desconocidos conocidos.

La pieza siguió su curso, los bailarines cuestionaban a cada paso, planteaban situaciones, te daban la mano, recorrían tus propios pasos. Se congregaban en un punto y lanzaban miles de noticias, las mismas que los medios nos tiran a diario. Uno se siente indefenso, perdido… y entre todas esas malas noticias, había una de amor, sólo una…

Entonces la conexión se hizo física, evidente… estambre, era estambre lo que tocaba, pero parecía más bien un Gestalt, un ser colectivo, conectado, en donde todos tenían la posibilidad de explorar, explorar la infinidad de posibilidades, como dijo uno de los bailarines-civiles, a través del megáfono que salió no sé de dónde, y que retumbó en todas las cabezas, incluso más que las campanas graves y solemnes de la esquina, mucho más.

Así sucedió, como la culminación perfecta de un día perdido, de un día confundido con otro.

Entonces me fui, me salí con una sonrisa enorme en la cara, con las ideas más revueltas y revoltosas que nunca. Y todos en las calles me miraron y pensaron que estaba loca, o enamorada… sólo estaba despierta, y feliz, honestamente feliz.

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About lizmendozas

Experta en tripodología felina. Quisiera ser tortuga y vivir en el mar.
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