Día-tregua

Todos los cuerpos son materia, y como toda la materia, no se crean ni se destruyen, sólo se transforman… Así llegamos a la conclusión de que en este lugar se transforman en magia, en polvo de hadas, en risas y apegos.

Image

Era un día relativamente normal, salimos temprano, teníamos una cita según marcan las convenciones sociales. Paramos a medio camino, no habíamos comido nada, además no se puede pasar por ese tramo del camino sin detenerse a llenar el estómago de tortillas calientitas, queso y chile de molcajete. Haces caso omiso del aviso que habla insistente en tu cabeza: está diciendo que te esperan a comer después de las ceremonias. Tú acallas las voces con una mordida insaciable, con un paladar contento, con un café de olla para asentar los ánimos.

Parece que llegamos tarde, lo único que podemos ver a nuestro alrededor, son personas, todas vivas por supuesto, cargadas de flores, comidas, sus mejores ropas, las mejores caras… van al encuentro ansiado con la muerte, el único día del año en el que convivir con tus muertos está permitido. Día tregua, día muerte. es momento de caminar. El cementerio aún está lejos, sin embargo no hay lugar más cercano que éste: recuerda, ¡llegas tarde! Caminamos bajo el sol, es realmente abrasador, quema tu piel, hasta parece como si pudieses escuchar cómo poco a poco va calcinándose tu piel a un grado menor, qué bueno que decidiste usar protector solar.

Los niños, como siempre, no entienden nada. Van regando por todos lados su sabiduría de tabula rasa, aún incorrupta y real. Una de ellos me pregunta al escuchar las canciones de misa a viva voz de señoras arreboladas: “¿les cantan porque ya se murieron?” No supe qué decir. Y regresó: “El papá de mi abuelito ya está muerto, está enterrado aquí. Pero yo ya quiero que despierte. Aunque Dios dice que está bien”. Una vez más, mi incompetencia sale a relucir, no contesto nada, me limitó a sonreír, como cuándo no sabes que hacer en una situación incómoda.

Image

Camino a la cita mausoleo, nos topamos, más que con tumbas, con historias. Miles. Fechas atrasadísimas, rozando los años 20. Soledades, desolaciones. Colores: rojo, anaranjado, blanco, azul, amarillo… colores adorno, flores aroma, personas con rostros familiares, el de reencuentro. Ante tal espectáculo pienso: ¿qué pasa cuando uno al morir, es llevado a un panteón, bien enterrado y apisonado entre piedras y tierra? ¿Qué pasa en la superficie? Porque como en la sociedad, en los panteones también hay clases sociales, también hay ricos y pobres, también soledad.

Tumbas jaulas, tumbas concreto. Cajones enormes, bien adornados, bien opulentos, construídos medio metro sobre la tierra para que los demás lo miren hacia arriba. ¿Es el amor que se tenía hacia una persona inversamente proporcional al tamaño de su casa del eterno descanso?

Por el otro lado, miro a los tristes sonrisa floja de los abandonados. Sus lápidas dan pena: rotas, sucias, abandonadas, desdibujadas… más muertas que ellos mismos. Ni un color, ni un pétalo, ni un rezo, ni una sonrisa, pura indiferencia. Algunos, pienso para reconfortarme, murieron hace tanto -a juzgar por los adornos celestiales y las fechas grabadas- que ya no tienen descendencia en esta tierra que vaya a buscarlos este día tregua. Otros, no sé, no quiero saber.

Por lo pronto, aquí, seguimos teniendo miedo, miedo a la muerte, a la soledad. Por eso les llevamos flores, por eso nos reunimos y juntos recordamos y lloramos y nos abrazamos. Por eso no los dejamos ir de nuestra memoria, porque tenemos miedo de la muerte y la rechazamos, la olvidamos a ella pero no a ustedes. Les llevamos flores de mil colores, porque las flores trazan la línea entre la vida y la muerte. Les regalamos flores, y días después, también a ellas, que nos llenan de alegría y colores y amores y sustancias, las muerte se las lleva y se ríe de nosotros, se ríe, te digo.

Por eso el día tregua, por eso este día nos juntamos con ella y ellos. Por eso recordamos y nos reunimos y comemos hasta el hartazgo, porque estamos vivos. Por eso no dejamos las costumbres, por eso la gente está tan arraigada al pueblo, o mejor dicho, es el pueblo perdido en la geografía michoacana, ese mismo fundado hace más de 400 años, apenas reconocido hace unos cuanto pares, el que no se le quiere salir a la gente.

El reencuentro fue breve, pero sincero, por lo tanto, hermoso. Partimos juntos, como cómplices satisfechos. Parece que los sentimientos ocupan el 90% de nuestra energía, así que llegamos agotados, aunque no tanto para no agradecer al increíble ser humano a tu derecha que se haya preocupado por la comida de este grupo tan peculiar. Corundas “de ceniza” porque les encantan, mole de rancho y guajolote para que no se queden con hambre, arroz para acompañar, y unas tortillas de maíz hechas a mano, porque aquí no hay de otras. Me dí cuenta del champurrado que más que guardado, habías resguardado, para tomarlo más tarde, y sin pensarlo te lo pedí. Lo compartiste sin tapujos, dijiste que tú lo habías hecho y me diste una taza. Te quedó riquísimo, diría a tu favor. Terminé con un café para asentar mi de por sí abultado estómago.

Image

Y así terminó el día-tregua, más vivo que nunca, más cómplice y más colorido. Así terminó el día- tregua entre fotografías y ropa vieja, rostros de antes, presentes pasados y presentes presentes. Entre cafés y champurrados con las muertes. Así terminó el día-tregua, y aún no te dejamos morir.

Advertisements

About lizmendozas

Experta en tripodología felina. Quisiera ser tortuga y vivir en el mar.
This entry was posted in Historias inventos. Bookmark the permalink.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s