Puras despedidas

¿Quién dice que lo que pase hoy no puede alegrar el pasado?

Las sombras vinieron por mi y me hicieron sonreír. Regresé, entré a la vorágine del tiempo, a ese momento en que no sonreía y las palabras las cambiaba por danzas. Regresé loa años y volví a ver tu cara, tan seria, tan contraída en rictus de amargura. Porque no sé cuántas veces fallaste y cuántas follaste, porque me fui extendiendo como una manta gigante hasta hacer hoyos en la tela blanca, que se estiró hasta romperse.
Pero las palabras que todo lo curan o que todo marchitan, curaron mi amargura y me devolvieron la sonrisa, y las dudas de alguna vez se hicieron confianza y tomé la mano que nunca había visto de cerca.
La examiné y me quedé con esa impresión en mi cabeza, me detuve, la miré, la vi junto a la mía y me guardé la cara de beso en la frente.
Tal vez nunca te vuelva a compartir mi intimidad porque se llena de humo y de cortinas, porque se sonroja y se muere de vergüenza, porque desaparezco y tiendo a irme, pero me voy satisfecha y con la sonrisa intacta al tacto de tus recuerdos. Y si sí, ya sabes que está la puerta abierta.
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Ojos vacío

La mirada ya andaba lejos, perdida entre voces de otros tiempos, la decisión se había tomado y él ya no pertenecía al mundo de los vivos.

Miraba hacia abajo, mientras los coches pasaban indiferentes a su mirada perdida. Fumaba. El último cigarrillo que tendría el gusto de probar, que su cuerpo aún le agradecía. Estaba tranquilo, sereno. Estaba bien.

Su mochila fue un mero decorado, se deshizo de ella de repente, se desprendió como el alma se desprende del cuerpo. Quedó ahí, libre, siendo ignorado por cientos de transeúntes atraídos por sus propias preocupaciones, sus amores perdidos, sus sueños, sus fracasos y su monotonía.

Tiró la mochila al piso y se desprendió de las preocupaciones que todos hemos llevado a casa, los demonios con los que nos hemos acostumbrado a vivir, a compartir la cama y la vida.

Fumó por última vez y se sintió ligero, incluso pareció dibujarse una pequeña línea parecida a una sonrisa en su boca. La única mirada que volteó mientras el humo del cigarrillo subía en espiral al cielo claro de la mañana lo vio de espaldas, pero adivinó su melancolía, miró la mochila caer al piso −pesada como un ancla− y el cuerpo del hombre subir ligero como aire, como polvo, agazaparse al barandal de fierro, despintado y frío, y lanzarse al vacío.

Silencio. Hubo un segundo de silencio mientras todos parpadeaban. Él se convirtió en polvo, se hizo aire, se hizo todo y por fin aquella mirada que observó el momento se sintió plena y hasta se podría decir que estuvo feliz.

Después vino el ruido y la enfermedad, los llantos y los ojos curiosos, vino el morbo y la belleza de la muerte se esfumó. Pero por un segundo fue perfecto, por un segundo hubo silencio y ojos cerrados.

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Sinsentido

Las cicatrices no me asustan, más bien, me causan una honda curiosidad. Quiero escarbarlas, indagarlas, quiero abrir los ojos a las historias de las grietas y dejar pasar la luz.

Prefiero el maltrato y la melancolía, siempre, porque así la felicidad cobra sentido y existe sólo en pequeñas dosis cargadas de adrenalina, como debe ser.

Los huesos se sienten entumecidos por los golpes, pero no se detienen porque no está permitido, porque el movimiento es perpetuo y la vida, no.

No hay razones, no hay justicia ni mucho menos valor, tomamos decisiones y las decisiones hacen nuestra vida. Ya nadie es porque lo destrozan nuestras miradas, nuestras lenguas malditas y la envidia convertida en odio.

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Autodestrucción

Y aquí está la declaración conmigo misma:

Nunca jamás nadie pasará encima de mí con sus juicios y principios morales francamente hipócritas.

Yo vivo como me gusta vivir, soy fiel a mis ideales y es por eso que los defiendo con rabia. Mi familia me apoya en cualquier loca circunstancia en la que me encuentre, porque me aman como soy, y esa es la mejor forma de demostrarlo. Se los agradezco.

Me han llamado loca, me han dicho puta, me han hecho dudar de mi falta de delicadeza “propia de una mujer”. Sus estándares de belleza son altísimos y sólo impuestos a quien vive de una forma distinta y ofensiva para quienes están acostumbrados a ser los que toman las decisiones de la vida de otros.

No me avergüenzo de nada y sólo me arrepiento del poco amor que le he tenido a mi persona. No soy hermosa, ni soy la más brillante, pero soy yo misma, aunque eso duela y me causé el rechazo de unos cuantos. Ahora sé que no quiero dedicarles mis pensamientos. Esos ya son inmensamente abrumadores como para agregarle sus vanidades y sus juicios excesivos.

Soy yo. La loca, la intensa, la ruda, la que no sabe peinarse, la noña, la borracha, la que habla sola y la que baila todo el tiempo pero no sabe cómo socializar.

Tengo a mi lado a quien amo y por quienes daría mi vida. Tengo una lista interminable de cosas y pensamientos. Tengo paciencia para lo importante, lo demás me pone ansiosa y quiero terminarlo de prisa.

Y así, declaro que ser yo no está tan mal, con todo lo bueno y lo malo, disfrutaré lo que quede de viaje.

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Si las ganas de llorar se convierten en mis compañeras, tal vez deba comenzar a temer que la vida me pese demasiado para no poder soportar el peso. Que un día mis brazos se caigan, se den por vencidos y decidan mirar la destrucción del paisaje luego de la caída.

Mi entrecejo continuamente fruncido, mi enojo constante, mi rabia retraída, guardada, se convierte en gritos y en golpes, se vuelve huracán y marea y derrumba creencias, derrumba tranquilidades y sonríe malévola.

Tengo miedo de convertirme en ella y después lloro desconsolada por los pensamientos terribles. Si los mareos se convierten en constante, entonces mis sueños se hacen mapas precisos y logro despertarme del primero y aparecer en el segundo con la convicción de que es sólo un sueño y no hay por qué temer, que mis miedos son monstruos gigantes de ocho mil quinientas cabezas y que mi cabeza es el peor lugar donde encontrarme conmigo misma.

Mi meta en doce pasos será dejar de pensar tantas locuras de noche para poder descansar y despertar sin ojeras y surcos que manifiesten irrevocables mi edad y un par de años de más, mi meta en doce pasos, será proclamarme enteramente habitante lunar.

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Debates devotos

Me asusta que creas que vas a cambiar al mundo, porque dejaste pasar inadvertido el hecho de que él ya te cambió a ti.

Platicamos, o, mejor dicho, discutimos por horas y bebimos de ese brebaje de los lobos, la magia de los aullidos de media noche en la ciudad salvaje se dejó entrever entre las sombras y los resplandores de los restos de la noche y la violencia de las luces.

El humo de los cigarrillos se hizo denso y casi podíamos tocarlo, pero lo esparcíamos con movimientos agitados para vernos las caras y vernos los ojos. Idealistas platónicos, cada uno fiel a sus principios y a sus letras, nos pedíamos, nos exigíamos argumentos y nos soltábamos las oraciones aprehendidas y observadas todos los días.

Qué espectáculo debió haber sido. Él jalando hacia la derecha, al movimiento lento pero seguro. Ella tirando a la izquierda, o hacia lo imposible de comer la luna como aperitivo.

Porque no saber para donde nos llevan los caminos es recorrerlos sin sentido, sólo porque no está permitido volver al origen. No somos lo suficientemente sabios, ni dignos, ni buenos, hemos encontrado el descenso directo al infierno, y me alegro, porque no podría ser de otra forma.

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Las malas vibras se van con el limón

Fue una casualidad, pero ese día, ella guardó un limón en su bolsa y todo marchó bien, se resbalaba como en piso enjabonado. Después la lluvia se dejó caer como si las manos que sostienen la arena abrieran los dedos hasta asimilar una estrella.

Lluvia. Ese fue el escenario desde que el día se hizo día y la noche cayó unas horas antes. Las personas huyen de la lluvia como de las balas, corren entre las calles y se refugian bajo los tejados porque les da miedo darse cuenta de que la lluvia clarifica y, por lo tanto, rectifica. Duele.

Los días estaban nublados y fríos, pero ella sudaba igual, el calor interno no entendía de huracanes o temporadas lluviosas.

Se despertaba a media madrugada porque los sueños la abrumaban. Los recuerdos del fin de semana le habían dejado sonrisas, que, aunque fugaces, eran auténticas. Las propuestas de una vida junto a él, o unos días o lo que sea que eso durara la dejaron pensando.

Pensó que él que no la quería tanto pero que tampoco quería estar solo. Y tal vez ella tampoco.

Recordó además que tuvo el atrevimiento de llorar en los brazos de él, quien se puso nervioso y no supo qué decir. Le compró vino tinto y la abrazó. Ella lo abrazo tan fuerte que él creyó que no quería irse y le contó cosas que no le había dicho a nadie.

Se soñaron. Esa fue la conclusión de los minutos y los besos. La inmortalización es aparte.

lemon tree

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